Pintor fundamental del arte contemporáneo español, Luis Gordillo (Sevilla, 1934) ha construido a lo largo de más de seis décadas una obra radicalmente libre, en constante transformación, que explora los límites de la imagen, la percepción y el pensamiento. Su trabajo, siempre experimental y profundamente personal, oscila entre la abstracción y la figuración, el dibujo y la pintura, dando lugar a un universo visual complejo y reconocible, presente hoy en algunas de las colecciones más importantes del panorama artístico nacional e internacional.
Con motivo de su participación en ARCOmadrid, y en el marco de la colaboración con ENATE, charlamos con Luis Gordillo para reflexionar sobre su proceso creativo, la relación entre arte y vino y el significado de trasladar una obra artística a la etiqueta de una edición especial. Una conversación que nos invita a detenernos en el gesto, la materia y el tiempo compartido entre la creación artística y la cultura del vino.

Acaba de recibir el III Premio ENATE–ARCOmadrid. ¿Qué significa para usted este reconocimiento?
La verdad es que he sido afortunado de recibir numerosos reconocimientos. Siempre viene bien uno más; le tranquiliza a uno el alma. Este premio ENATE, además en el contexto de ARCOmadrid 26, me ha hecho una ilusión especial por la celebración que ha supuesto en el Stand de ENATE durante la Feria.
El jurado ha destacado que su pintura se construye mediante capas, variaciones y cambios de registro. ¿Se reconoce en esa idea de proceso abierto?
Pues me reconozco hasta cierto punto. La verdad es que la definición que presenta el jurado es muy bonita. Yo he cambiado mi manera de trabajar. Ya no son sesenta, sino setenta años de trabajo. Los cuadros no son muy diferentes en el fondo, pero sí en la forma y en la manera de hacerlos.
Actualmente, cuando me enfrento al lienzo, ya tengo bastante definido el proyecto del cuadro. Entonces, la primera parte de su ejecución es, digamos, bastante automática; no en el sentido del automatismo, sino en el de la copia. Y llega un momento en que el cuadro dice: “Aquí estoy yo y aquí están los problemas”. Entonces cambia el tono de mi trabajo: me olvido del proyecto previo y empiezo a trabajar directamente. Esa es la parte más difícil de mi trabajo.
A veces los cuadros pueden durar meses, porque yo hago varias obras a la vez. Y cuando una obra se pone muy difícil, que es lo normal, la aplazo durante una temporadita, me voy a otro cuadro, incluso a otro estudio y, cuando vuelvo, ya la veo de distinta manera. Los cuadros, últimamente, se han hecho más difíciles de terminar y convivo con ellos como si fueran un niño, o un niño rebelde.
A lo largo de su carrera, ha transitado por distintos lenguajes, desde el informalismo hasta el pop y la experimentación con la imagen. ¿La curiosidad sigue siendo el motor de su trabajo?
Bueno, lo primero es cierto. Ha habido épocas en que me he dejado influir por otros estilos, como el informalismo. Cuando yo vivía en París y el informalismo francés fue muy importante: Michaux y otros. Yo creo que me influyó bastante.
Sin embargo, del pop siempre se habla en relación con cierta obra mía. Y es verdad que hay alguna influencia del pop, pero no tanta. Mi obra tampoco llega a ser, en fin, como la de otros artistas españoles como por ejemplo el Equipo Crónica. Pero cuando hay una exposición de pop, también me colocan ahí, sobre todo por la época de mis Cabezas Rojas, de los años sesenta, que a mí me gustan mucho. Y ahí sí veo una cierta influencia del pop.
Pero, en cuanto a los otros ismos, la verdad es que yo pienso que me constituyo yo mismo en un ismo a finales de los sesenta y principios de los setenta. Sirvo de modelo a muchos artistas jóvenes, como Carlos Alcolea, Chema Cobo o Carlos Franco y otros. Es decir, yo también me constituyo en un ismo.
Su trabajo ha dialogado a menudo con la fotografía y la cultura visual contemporánea. ¿Qué papel desempeñan las imágenes que nos rodean en su forma de pintar?
Bueno, yo pienso que eso sí es fundamental. En mi estudio tengo muchísimo material de todo tipo; a veces, el suelo está lleno de papeles. Uso toda clase de materiales. A veces basta con superponer una imagen sobre otra para que surja algo nuevo, una especie de cóctel vital. De ese choque nace una tercera imagen, más viva incluso que las dos anteriores. Y de ahí salen muchas de las ideas que luego llevo a la pintura. Por eso las imágenes son tan importantes en mi obra: de ahí surgen las ideas que después voy a pintar.
En muchas de sus obras, el color y la estructura compositiva generan una tensión muy particular. ¿Cómo se construye ese equilibrio durante el proceso de creación?
Esa tensión es precisamente la que yo busco. Pero no se trata de una tensión como argumento, como en las películas en las que hasta el final no se sabe quién es el criminal; no es una tensión narrativa. Es una tensión casi escultórica, un cuadro que se proyecta hacia la profundidad.
Si tienes una superficie verde y echas una gota roja, esa gota parece abrir un agujero. Los colores, entre sí, se agujerean. Y esa es, en el fondo, la técnica que yo sigo en el cuadro: una vivencia muy viva, muy objetual.
Por eso, cuando me dicen: “Tú eres abstracto”, seguramente lo soy. Pero yo no me siento abstracto; me siento no objetual, me siento vivo. Los colores vibran entre sí y generan tensiones paralelas a la vida.
Después de tantos años dedicados a la pintura, ¿qué sigue buscando cuando se pone delante de un lienzo?
Yo he decidido, hasta cierto punto, no ponerme delante del lienzo a pintar como hacen muchos artistas, que se colocan ante el lienzo blanco y atacan. En mi caso, como ya he dicho, eso se hace con medios intermedios. Eso lo hago yo, con mucho gusto, con el dibujo.
La pintura, para mí, es como hacer un buque: tiene mucho de ingenieril. Y a veces los cuadros me desesperan: son mucho más duros de lo que la gente cree. En cambio, el dibujo para mí es un placer intenso. Incluso cuando dibujo, no estoy en el estudio: estoy en un cuarto de mi casa, un espacio doméstico. Claro, no me siento como profesional; me siento como uno más de la familia.
Y los dibujos son algo muy personal, muy directos y espontáneos. Me resultan mucho más fáciles. Yo dibujo como el que canta, y disfruto mucho; puedo estar horas dibujando. Son, ya te digo, dos campos muy distintos. Pero a veces, una vez terminado, el dibujo también me puede servir para hacer un cuadro. Son campos que se complementan.
¿Qué consejo daría a los jóvenes artistas que hoy empiezan a desarrollar su propio lenguaje?
Sinceramente, no sabría qué decirles. Es una cosa tan personal, y todo depende de la combinación de virtudes y defectos de cada uno… Hay jóvenes que tienen una idea clara de su vocación, son gente fuerte de ánimo y pueden soportarlo casi todo; pueden vencer. Y, en cambio, hay otros que se vienen abajo. Eso depende mucho de la persona y del ánimo con que se sitúe ante la pintura.
Ahora ya conoces más sobre este artista y su obra, ganador del Premio ENATE-ARCO Madrid 2026, y que actualmente es imagen de ENATE Selección Cabernet ARCOmadrid. Un vino de edición limitada del que tan solo existen 1.000 botellas numeradas, de venta exclusiva en nuestra web.


